CUARTO CAPÍTULO
Enero de 1948.
Los postreros rayos de sol dan paso a la noche que se vislumbra engalanada con las
últimas luces del crepúsculo. La tarde se extingue lenta y perezosa. A la puesta de sol, las cornetas desgarran el cielo con el toque de oración. Los legionarios, firmes, saludan con la mirada fija en la bandera del tercio que se arría lentamente. En lo que duran esos acordes, en el recogimiento silencioso se desatan los recuerdos como olas imparables que lleva y trae la marea: cuando muere una, otra nace y ocupa el lugar de la primera, y a esta la remplaza otra y a la última una más…, así indefinidamente, sin darse tregua, sin que nada ni nadie pueda detener ese ir y venir incesante. En lo que duran esos acordes se encienden las luces de las casas de la blanca ciudad de Tetuán que se recorta en el horizonte al mismo tiempo que en el cielo se asoman las primeras estrellas. Todo eso ocurre en el tiempo que dura el toque de corneta.
Benigno aspira la noche con la misma fricción que consume el cigarrillo que sostiene entre sus dedos. Después de cenar con el resto de la guarnición, ha salido solo a pasear. Entre calada y calada contempla a lo lejos como la ciudad de casitas blancas que bulle inquieta y vivaracha por la mañana ahora duerme a la luz de la luna entre el verde arbolado.
Le habían contado que la noche africana era extraña, que poseía un corazón misterioso que hacía que uno pudiera verse tal y como eran por dentro, y así debía de ser porque desde que escuchó el toque de oración y la noche le fue entrando, no identificó al hombre que ahora cuadraba junto a sus nuevos compañeros con el que meses atrás formaba parte de una contrapartida contra el maquis en el Pirineo y mucho menos con el joven alegre y sereno que paseaba junto a Agustina por las calles de su pueblo. No, no tenía mucho que ver aquel muchacho con el hombre que ahora liaba sus pensamientos a bocanada de cigarro apoyado en la pared del barracón. Sus recuerdos se le antojaban ajenos; los miraba como el espectador de una película cuyo argumento le era conocido. Sin duda se identificaba con algunos rasgos del protagonista, pero esas vivencias que saltaban a golpe de fotograma pertenecían a otra memoria, a otra persona extraña a él. En poco más de un año había vivido demasiadas cosas que le habían revuelto sus cimientos. Se sentía como las serpientes que van mudando la piel y la abandonan al borde del camino. Con cada muda había dejado lo vivido en la piel arrugada y curtida, y con la nueva resurgía otro Benigno, ¿mejor o peor? Distinto, más audaz, más loco, pero también más profundo y reflexivo.
El amor de una mujer le había sumido en un vórtice de locura. Desesperado unas veces la bendecía, y otras la renegaba; pero de no haber sido por ella no se hubiera enrolado en la contrapartida y no hubiera conocido la otra cara de la guerra, ni a Germán, ni a Hilario, ni a rapiñas como Mateo, que también enseñan. De no ser por ella, tampoco estaría ahora en Tetuán, en la legión, como monitor en el uso y manejo del armamento químico. De no ser por ella no sería ahora ese hombre que quema sus pensamientos con la brasa de un cigarro.
PRIMEROS PÁRRAFOS DEL CUARTO CAPÍTULO DE REMEMBRANZA, LA NOVELA EN LA QUE ACTUALMENTE TRABAJO.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados